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Cultura
 
Click para ampliar la imágen Un pueblo marcado por el legado de los Comechingones

Amboy. Después de recorrer un escarpado sendero, rodeado de vegetación, trepando por raíces de árboles descubiertas por la erosión, y bordeando el arroyo de Amboy, se llega a uno de los reductos más representativos de la cultura comechingón en Calamuchita: los aleros naturales en grandes piedras con pictografías, realizadas por los primeros habitantes de la zona.

Las figuras geométricas (cuadrados y rectángulos) y las siluetas de animales fueron hechas con minerales de coloración blanca y grasa animal o vegetal. Los dibujos rupestres en las paredes de las cuevas, enfrentan de golpe a los visitantes con el pasado.

A pocos metros, subiendo por unas rocas, se accede a un privilegiado mirador, que le permitía a los aborígenes tener un amplio panorama del lugar. El circuito, puede ser realizado por niños sin inconvenientes.

A las únicas pinturas rupestres halladas hasta el momento en el Valle de Calamuchita, se accede luego de una caminata de unos 1500 metros, en la que se toma contacto directo con los molles, algarrobos, chañares y el resto de las plantas autóctonas del lugar.

En cercanías de los aleros, se localizan morteros y conanas. Allí se encontraron, también, restos de cerámicas, que datan del período en que los comechingones fueron los dueños de esta tierra: desde los años 600 a 800 hasta la llegada de los españoles, a mediados del siglo 16. En el el museo, esperan que la Dirección de Patrimonio Cultural, inicie investigaciones para determinar el significado del lugar y de los dibujos.

Una de las hipótesis que se manejan, según sostuvo Álvarez, es que fue un sitio vinculado con ritos esotéricos, habitado por el brujo de la tribu. “Por las pequeñas conanas y morteros pudo ser utilizado para la molienda de alucinógenos o plantas de pequeño tamaño, no para molinos de harina”, señaló. También hay distintas teorías, sobre si el lugar tuvo un asentamiento permanente o si fue utilizado como campamento satélite, habitado por unos pocos en alguna época del año.

Las visitas guiadas son coordinadas por el museo de Amboy, y para preservar el sitio, fueron reguladas y ya no se realizan con la frecuencia que se hacían con anterioridad. Además, se encuentran en terreno privado. De todas maneras, se realiza el recorrido y luego los visitantes son trasladados en vehículo hasta el paraje de San José, a unos 5 kilómetros, donde se han descubierto cuevas del mismo tipo, pero sin los dibujos.

Viaje a la historia

Recorrer Amboy, siempre es un viaje hacia la historia. El pueblo cuenta con un museo que reúne valiosas piezas arqueológicas, restos fósiles de animales prehistóricos encontrados en la zona, minerales y objetos que reflejan las costumbres antiguas y la historia, con especial detalle puesto en la vida del Doctor Dalmacio Vélez Sársfield, que nació en esta pequeña localidad.

Durante el verano, en el patio del museo, se establece una feria de artesanías que promueve la venta de productos realizados por artesanos, estudiantes y entidades de bien público locales.

Otra de las perlas que se encuentran al recorrer las calles de tierra del particular pueblo, es un almacén de ramos generales que tiene más de 100 años y que atiende, desde hace 36, Doña Haydée, casi una institución. El comercio aún conserva antiguos mobiliarios y productos ya en desuso para la mayoría, como fósforos de cera o lámparas de faroles a querosén. También es el lugar de encuentro para los parroquianos, que nunca comienzan la jornada sin ir a tomar algo a lo de Doña Haydée.

Una pintoresca casa de adobe con techo de paja, que todavía se resiste a ser reemplazado por uno de chapa, ubicada frente al museo, rubrica esta impronta histórica del pueblo de 300 habitantes.

José Funes, el propietario, lo renueva cada dos años, mediante un artesanal método utilizando arcilla y pajas, y con ayuda de alguno de sus 10 hijos. También se destaca la iglesia artesanal con piezas de varios siglos atrás.